- Las verdes frondas de
los árboles, que emergen como aislados florones, ponen una nota alegre, pero
leve, un regocijo efímero, en medio de aquella monotonía de color, de aquella
uniformidad de líneas y de formas. Es el mismo tono sordo: el mismo plomo, cuya
única variante es, de vez en cuando, un gris de ratón, un gris de ala de
murciélago. Todas las ciudades japonesas, vistas así, de lo alto, son lo
mismo. Tokio desde la terraza de Uyeno, hacia la bahía, hacia Honjo y Fukagawa,
es colosalmente antipático, atrozmente desesperante. Semeja una colonia de
frondosos hongos. Y en la travesía del Mar Interior, maravilloso,
incomparable, en las tranquilas riberas, entre las espesas arboledas de un
verde intenso y severo, los pueblecitos, las aldeas de pescadores, se apiñan,
se arrastran como nudos de cucarachas.
- Desde mi
“shóji” domino todo Kyoto. El
extenso bloque de verdura de Muruyama, y el de los templos y grandes hoteles
circunvecinos, parecen puestos ahí como para servir de tamiz, como para atenuar
al paso, entre su tejido de hojas y su entreveramiento de ramas, el ruido de la
ciudad. Ahora llega a mí un sacudimiento de despertar, el reflejo de un desperezo.
Kyoto abre las pupilas: Kyoto salta del lecho. Hasta mí llegan, asordinados,
los primeros hervores de vida del barrio de Gión, en el cual, durante la noche,
se concentra, se cristaliza toda la alegría, todo el regocijo de la antigua
capital de los Shogun.
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