- A las 10 de la mañana el tren comenzó serpenteando sobre la bajada de una montaña,
y a lo lejos se veía un enorme valle con rectángulos de diferentes colores por doquier;
en medio del valle se arrastraba un pequeño río que culebreaba todo lo largo del cultivado
valle: ¡El Río Jiboa, el tercer más largo del país!... Más al fondo, en aquélla mañana asoleado,
asomaban dos picos blanco brillantes por el sol, la Iglesia de Verapaz, en el departamento
de San Vicente, sobresalía del horizonte policromado.
¡Entrábamos en el Valle
de Jiboa!... Era una rica zona agricultura irrigada por el Río Jiboa cuyas aguas cortaban
el valle en dos mitades. En Valle de Jiboa se cultivaba principalmente caña de azúcar
pero también vegetales. Innumerables sembradíos de caña, arroz, frijoles, legumbres,
frutas, el Valle tenía innumerables y verdosas colinas y múltiples riachuelos que corrían
en todas direcciones y desembocando en el Río Jiboa.
Al mediodía atravesábamos
en línea recta una enorme hacienda, los capullos blancos del algodón se perdían en el
horizonte; la hacienda era tan grande que mi vista no veía el final en ambos lados
del vagón. Indudable era que la vía férrea surcaba en la mitad de esta enorme extensión
de tierra.
- La hacienda se encontraba en el departamento de Usulután y se llamaba "La
Carrera", del oligarca inglés Juan Wright. Según se decía entre mi gente la propiedad
tenía más de "1000 caballerías". Pero al terminar este vivo ejemplo "de
mucha tierra en muy pocas manos", el paisaje cambiaba tan de súbito, como sí después
de fertilidad... ¡de pronto!... sigue la muerte, era igual que salir de una casa del
rico para entrar a una del pobre... Piedra de lava muerta se perdía también en el
horizonte, no se veía muestra de vida en todo lo que abarcaba mi vista, ¡¡ni un sencillo
arbusto!!. Al dirijir la vista hacia adonde a una corta distancia se encontraría el
mar, el inmenso volcán Chaparrastique, ¡cómo un Rey!, dominaba la estéril vista de sus
dominios. Era el segundo volcán más alto de la docena que formaba una cadena a lo largo
del litoral costero del país; había hecho erupción hacía muchos años y la enorme extensión
de lava lo afirmaba.
- A la una y media llegamos al departamento de San Miguel,
la tercera ciudad más populosa del país. El abanderado,
que ya entonces se veía bien libado, se le había terminado el guaro, por lo que se
atrevió a pedirnos que fuéramos a una cantina cercana a comprarle una pacha "el
Migueleño", aguardiente de la caña de azúcar y producido y vendido localmente;
para ésto nos dio dos colones.
- En El Salvador se vendía alcohol y cigarros así como
se vendían medicinas: a cualquiera que tuviera el dinero y supiera preguntar; quizá,
adelantándose a su tiempo, no les importaba edad o sexo. Los expendios de aguardientes,
o cantinas, se encontraban por doquier, compramos la pacha que valía ¢1.15 y nos embolsamos
el cambio. Nomás le dimos la pacha, el banderillero se metió al baño y no salió hasta
casi media hora después... ¡bien a verga!...