Es que yo fui en pretéritas edades
habitantes de antárticas regiones,
que
en medio de remotas soledades
vivía encuelto en sus cavilaciones.
De allá
me viene el que, aparentemente,
me meza un poco como barco anclado
que al vaivén
de las olas, de repente,
se fuera un tanto como de costado.
Talvéz un esquimal
fui en el comienzo,
de tardo caminar sobre el inmenso
páramo helado donde no
hay camino.
De aquél me queda, dicen los doctores,
sólo un horror a todos
los calores
y este andar pausado de pingüino.
Va la monja con paso pausado y taciturno,
sus blancas manos juntas, grave
su gesto y serio;
como una sombra extraña se mueve en el nocturno
silencio de
sepulcro que tiene el monasterio.
Llega al jardín, poblado de recuerdos sonámbulos...
Se
detiene y cavila... Y es un lirio su talle
que se estremece al tiempo de los pasos
noctámbulos
de un último transeúnte que pasa por la calle.
¡Quién sabe a qué
regiones se remonta el profundo
pensamiento de su alma...! ¿Pensará en éste mundo
que
dejó, con nostalgia...? Toda ella es un misterio...
Y al evocar la vida de
cirio que perece
sin alumbrar siquiera, la monja me parece
¡La blanca cruz dormida
de un raro cementerio...!