CANTO A LA GESTACIÓN
Era tu seno, Madre... Sumergida en tu tiempo la sustancia inicial de
mi semilla iba abriendo un latido, germinaba en tu pulso en el musgo tranquilo
de tu entraña dormitaba mi música incipiente, mi voz de semiluna. Era la suavidad
de un mundo intacto, de su insondable reino. En tu esfera frutal brotaba el
sueño de mi primer raíz y allí sentía el transcurrir silente de tus ríos internos. El
agitado paso de las horas que alzaban su marea el entreabrirse lento y sigiloso de
invioladas corolas. Allí mi pólen claro respiraba tu clima vegetal, mientras
jugos nutricios recorrían mis diminutos tallos. Era todo tranquilo... blanda
prisión, atmósfera serena, palpitación de albúmina sensible que recogía en ignorados
cielos su alta conjugación de mar y estrella. Después... el desgarrarse
de tu barro, la floración de tu dolor que alzaba su estalactita sorda, interminable, mientras
tu hoguera triste desbordaba llantos insospechados. Era tu inmensidad de campo
fértil te surco amable en conjugación suprema que iba rasgando su ondulante ritmo para
entregar mi brote al mundo de la luz...
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EL DÍA DE LAS CIUDADES
El día de las ciudades se inicia cuando se abren las ventanas cuando ruidos
confusos empiezan a subir royendo el aire o una campanada se viene disgregando se
viene disgregando como una onda de círculos concéntricos. Esta es la misma hora
en que me digo: ¿Qué debe haber en mí para saber que ha comenzado el día? Yo
sé que la estación se ha vuelto nueva y me llega el respiro de los árboles cuando
empujan sus brotes; algunas hojas han de abrirse, suaves, y temblarán al viento pero
estancia aún guarda los recuerdos de las noches pasadas. Debo empezar el día aún
cuando sólo sepa de la humedad de mis antiguas cosas: En la ciudad convulsa soy
un musgo que atisba el primer resplandor de la mañana.

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