"-General, las flechas cubren el sol". -"Mejor así, pelearemos a la
sombra"
Ayudante
de LEONIDAS - General Espartano
HERODOTO ¿484
- 425?
Cuándo tenía 16 años leí mi primer libro completo,
este fue la Odisea
de Homero, y luego leí mi segundo: la Ilíada, el cual me fascinó aún más.
Antes de mis 16, sólo leía "paquines" de Superman, el Llanero Solitario, etcétera...
¡Ah! Y las novelas del Santo, el enmascarado de plata. Pero estos dos libros de Homero
volcaron por siempre mi entusiasmo por la Literatura. Una vez platicando
con Mi Padre sobre la veracidad de la Ilíada, yo le exponía los hallazgos
arqueológicos del alemán Heinrich Schliemann en Turquía, a finales del siglo
XIX, como prueba contundente de la veracidad de los relatos de Homero, quien,
siendo ciego y a falta de lenguaje escrito, ¡los sabía y cantaba de memoria!. Mi Padre,
aunque satisfecho por mi nuevo entusiasmo, me dio la primera gran lección al leer
eventos históricos: me dijo nunca creyera de "primas a primera"
todo lo que leía. Al día siguiente, él me regaló un libro titulado "Los
Nueve Libros de La Historia", cuyo autor se llama Herodoto. Herodoto
es llamado "El Padre de la Historia", porque su libro "Historias"
fue el primer libro histórico que se conoce y acepta hasta la fecha. Nació en Grecia
y se supone vivió entre los años 484 - 425 antes de Jesucristo. Herodoto viajó
mucho por el entonces mundo conocido: Las tierras del Mediterráneo. Pero también conoció
tierras entonces tan lejanas como la India, Tracia, Escitia. Llevó anotaciones de
sus viajes y de los sucesos que le relataban los nativos de las regiones, con el
cual publicó su clásico libro. Más tarde este libro fue dividido en nueve libros y a
cada libro se le asignó el nombre de una de las nueve musas de la Mitología Griega.
En
su viaje al Egipto, Herodoto escribió este pasaje donde
juzga la versión homérica de la Guerra de Troya y el rapto de Helena...
Sucesos inmortalizados en los 20 mil himnos de Homero:
(Según
la Mitología Griega, París, o Alejandro, hijo del rey Príamo de Troya, fue designado
por el Olimpo para escoger quién de entre las diosas Afródita, Hera, y
Palas Atenea, era las más bella, Hera le ofreció poder si la escogía, Atenea
sabiduría, y Afródita... La mujer más bella del mundo... París escogió a Afródita
[Venus]... Este imaginativo momento es inmortalizado por Rubens,
en el cuadro arriba)
LIBRO SEGUNDO EUTERPE
(Musa de la Poesía Lírica)
CXIII. He aquí en verdad lo que me referían los sacerdotes (egipcios) acerca
de Helena, cuándo yo les pedía informes. Al volver a su patria Alejandro (Paris) en
compañía de Helena, a quien había robado en Esparta, unos vientos contrarios lo arrojaron
desde el mar Egeo al Egipto, en cuyas costas, no mitigándose la tempestad, se vio
obligado a tomar tierra y aportar a las Taríqueas, situadas en la boca del Nilo que
llaman Canábica. Había a la sazón en dicha playa, y lo hay todavía, un templo dedicado
a Hércules, asilo tan privilegiado al mismo tiempo, que el esclavo que en él se refugiaba,
de cualquier dueño fuese, no podía ser por nadie sacado de allí, siempre que dándose
por siervo de aquel dios se dejase marcar con sus armas o sello sagrado, ley que
desde el principio hasta el día se ha mantenido siempre en todo su vigor. Informados,
pues, los criados de Alejandro del asilo y privilegios del templo, se acogieron a
aquel sagrado con ánimo de dañar a su señor, y le acusaron refiriendo circunstanciadamente
cuanto había pasado en el rapto de Helena y en el atentado contra Menelao; deposición
criminal que hicieron no sólo en presencia de los sacerdotes de aquel templo, sino
también de Tonis, gobernador de aquel puerto y desembocadura.
CXIV.
Apenas acabó éste de oír la declaración de los esclavos, cuando despacha a Menfis (antigua
capital de Egipto) un expreso para Proteo (rey de todo el Egipto) con orden de decirle
"Acaba de llegar un extranjero, príncipe de la familia real de Teucro (Troya),
que ha cometido con Grecia una impía y temeraria violencia, viniendo de allí con la
esposa de su mismo huésped furtivamente seducida; y trayendo con ella inmensos tesoros,
arribó a tierra, arrojado por la tempestad. ¿Qué haremos, pues, con él? ¿Le dejaremos
salir impunemente del puerto con sus naves, o le despojaremos de cuanto consigo lleva?"
Proteo, avisado, envió luego un correo con la siguiente respuesta: "A ese
hombre, sea quien fuere que tal maldad y perfidia contra su mismo huésped ha cometido,
prendédmelo sin falta Y llevadle a mi presencia para oír qué razón da de sí y de su crimen."
CXV.
El gobernador Tonis, recibida apenas esta orden, se apodera de la persona de Alejandro,
embargándole juntamente las naves, y haciéndole conducir sin dilación a Menfis con su
Helena, sus esclavos y tesoros. Llevados todos a la presencia de Proteo, preguntó
éste a Alejandro quién era, de dónde venía y con qué ley navegaba; a lo cual el interrogado
declaró su nombre, el de su familia y el de su patria, dándole razón de su viaje y del
puerto donde procedía. Insta Proteo preguntándole de donde hubo a Helena; Alejandro
buscaba refugios cautelosamente para no descubrir la verdad; pero los nuevos acogidos
a Hércules, esclavos suyos antiguos, dando cuenta puntual de su atentado, fueron desmintiéndole,
sin dejarle lugar a la réplica. Proteo entonces, por abreviar razones, hablóle en estos
términos: "A no tener formada anteriormente mí resolución de no ensangrentar
mis manos en ninguno de los pasajeros que, arrojados por los vientos, aporten a mis
dominios, os aseguro que vengará al griego en vuestra cabeza, y que hiciera en vos
un ejemplar, ¡hombre el más vil y malvado de cuantos viven! pues recibido y regalado
como huésped, correspondisteis con el más enorme agravio, convertido en adúltero de
la esposa de vuestro amigo, que en su casa os acogía; y no contento con el horror
del tálamo violado, huís con la adúltera furtivamente robada a su marido; aún más, como
si agravio, adulterio, rapto, todo fuera poco para vos, cargáistes con los tesoros
de vuestro huésped, que saqueasteis. Con todo, no mudo de resolución, lo repito, ni
me contaminaré con sangre extranjera, pero tampoco sufriré que os llevéis impunemente
esa mujer con los tesoros robados, sino que de una y otros quiero ser depositario
en favor de vuestro huésped griego, hasta que él, informado, quiera recobrarlos. A
vos os mando que dentro del término fijo de tres días salgáis con vuestra comitiva de
mis dominios, poniendo mar en medio, so pena en otro caso de ser tratado como enemigo."
CXVI.
Así me referían los sacerdotes la llegada de Helena a la corte de Proteo, de la cual
no pienso que dejase de tener noticia el poeta Homero; pero como la verdad de esta
narración no sea tan apta y grandiosa para la belleza y majestad de su epopeya como
la fábula de que se sirvió, omitíosla a mi entender con tal motivo, contentándose con
manifestar que bien conocida la tenía, como no cabe en ello la menor duda. El poeta
presenta en la Ilíada a Alejandro, perdido el rumbo, llevando de un país a otro su
Helena, y aportando después de varios rodeos a Sidón, ciudad de Fenicia, lo que no
contradijo en ninguno de sus escritos. De lo dicho hace mención Homero en la Aristia
de Diomedes con los siguientes versos: -"Había allí mantos bordados, dignos
de maravilla, obra mujeril de sidonia mano, los que con su noble Helena trajo de
Sidón por el ancho ponto Paris el de rostro divino." Y de esto mismo con
otros versos habla Homero en la Odisea: -"Tales, tan útiles y tan salubres
medicinas poseyó la hija de Júpiter, las que le fueron dadas por la reina egipcia Potidamna,
esposa de Ton, de allí donde el suelo feraz las brota en gran copia: al beberlas,
unas dan la salud, y otras la muerte" Hablando con Telémaco, Menelao profiere
asimismo estos versos: -"Allá en Egipto, con ansia grande de mi vuelta, me
detenían Dios y mi mezquina Hecatombe". En estos pasajes, Homero da muy bien
a entender que sabía las navegaciones de Alejandro y su arribo al Egipto, con el cual
confina la Siria, país de los fenicios, a quienes pertenece la ciudad de Sidón.
HOMERO
(¿850 a. de C.?)
CXVIL. La respectiva situación do estos países, no menos que los versos citados,
declaran y evidencian más y más que no son de Homero los versos ciprios, sino de otro
poeta ignorado, pues en ellos se hace llegar a Alejandro con su Helena desde Esparta
a Ilión en una navegación de tres días únicamente, viento en popa y por un mar de leche,
cuando Homero nos dice en su Ilíada que su ruta fue muy larga y contrastada.
CXVIII.
Pero dejemos cantar a Homero, y mentir a los versos ciprios; que no es poeta quien
no sabe fingir. Preguntados por mí los sacerdotes sobre si era fábula lo que cuentan
los griegos de la guerra de Troya, me contestaron con la siguiente narración, que
decían haber salido de boca del mismo Menelao, de quien se tomaron en el país noticias
del suceso: Después del rapto de Helena, una armada griega poderosa había pasado a
la Téucrida (Troya) para auxiliar a Menelao y hacer valer sus pretensiones. Los griegos,
saltando a tierra y atrincherados en sus reales, ante todo enviaron a Ilión sus embajadores
en compañía del mismo Menelao, quienes, introducidos dentro de la plaza, pidieron se
les restituyera Helena y los tesoros que en su rapto les había hurtado Alejandro,
y que se les diera al mismo tiempo cabal satisfacción de la injuria por él cometida;
pero los troyanos, entonces y después, siempre que fueron requeridos, de palabra y
con juramentos respondían que no tenían en su ciudad a Helena, ni en su poder los tesoros
mencionados; que aquélla y éstos se hallaban detenidos en Egipto, y que no parecía justo
ni razonable salir responsables y garantes de las prendas que el rey egipcio tenía
interceptadas. Los griegos, tomando la respuesta por un nuevo engaño con que se les
quería insultar, no levantaron el sitio puesto a la ciudad hasta tomarla a viva fuerza;
mas después de tomada la plaza, no pareciendo Helena, y oyendo siempre la misma relación
de los troyanos, se convencieron al cabo de lo que decían y de la verdad del suceso,
y enviaran a Menelao para que se presentase a Proteo.
CXIX. llega Menelao
al Egipto, sube río arriba hasta Menfis, y hace una sincera narración de todo lo sucedido.
Proteo no sólo lo hospeda en casa y regala magníficamente, sino que le restituye a
Helena sin desdoro en su honor, y sus tesoros sin pérdida ni menoscabo. Mas a pesar
de tantas honras y favores como allí recibió Menelao, no dejó de ser ingrato y aún malvado
con los egipcios, pues no pudiendo salir del puerto, como deseaba, por serle contrarios
los vientos, y viendo que duraba mucho la tempestad, se valió para aplacarla de un
modo cruel y abominable, que fue tomar dos niños de unos naturales del Egipto partirlos
en trozos y sacrificarlos a los vientos. Sabido el impío sacrificio y la inhumanidad
de Menelao, huyó éste con sus naves hacia Libia (entonces país Fenicio), abominado y
perseguido por los egipcios. Qué rumbo desde allí siguiese, no pudieron decírmelo; pero
añadían que lo referido, parte lo sabían de oídas, parte lo vieron por sus ojos, y que
de todo podían ser fieles testigos, y he aquí lo que en suma me refirieron los sacerdotes
egipcios.
CXX. A la verdad, por lo que respecta a Helena, doy entero
crédito a su narración, tanto más, cuanto creo que si a la sazón se hubiera hallado en
Troya, fuera restituida a los griegos, aun a pesar de Alejandro, pues ni Príamo hubiera
sido tan necio, ni sus hijos y demás deudos tan insensatos, que sólo por que aquél gozara
de su Helena, pusiesen a riesgo de balde sus vidas y las de sus hijos, y la salud
y existencia del Estado. Pero concedamos que al principio de la contienda tomaran
el partido de no restituirla; no dudo que al ver caer tanto troyano combatiendo con
los griegos; al ver Príamo muertos en las refriegas no uno u otro sino los más de sus
hijos, pues morir los veía si se ha de dar crédito a los poetas, a vista de tales destrozos
y tamañas pérdidas como les iban sucediendo, no dudo, repito, aun cuando el mismo Príamo
fuera el amante de Helena, que a trueque de librarse de tantos desastres como entonces
le oprimían, la volviera por fin enhoramala a los aqueos. Ni se diga que los negocios
públicos dependían del capricho de un príncipe enamorado, por tocar a Alejandro la corona
en la vejez de Príamo; pues no es así: el grande Héctor, primogénito del Rey, y héroe
do otras prendas y valor que Alejandro, era el príncipe heredero del cetro, y no parece
verosímil que permitiera impunemente a su hermano menor una resistencia y obstinación
tan inicua y perniciosa, y más tocando con las manos las calamidades que de ellas
resultaban contra sí mismo y contra el resto de los troyanos. Así que, no teniendo
éstos a Helena, mal podían restituirla, y aunque decían la verdad, no les daban crédito
los griegos. Ordenándolo así la Providencia a decir lo que siento, con la mira de hacer
patente a los mortales en la ruina total de Troya, que por fin al llegar el plazo
hace Dios un castigo horroroso y ejemplar de atroces y enormes atentados; y así juzgo
de este suceso...