EL PADRE DE LA HISTORIA

"-General, las flechas cubren el sol".
-"Mejor así, pelearemos a la sombra"

Ayudante de LEONIDAS - General Espartano


HERODOTO
¿484 - 425?
        Cicerón fue el primero en llamarlo "Padre de la Historia", y Herodoto de Halicarnaso así es por siempre reconocido…. Un griego que vivió entre los años 484 - 425 antes de Jesucristo. O sea, hace 2 mil 400 años, este griego andaba viajando por todo el mundo conocido: toda Grecia, Egipto, Fenicia, Palestina, Tracia, Babilonia, el país de los etruscos en Italia, Persia, norte de África, Turquía, Crimea, hasta la India…
Geográficamente describe de una forma exquisita el corrido del rio Danubio y los ríos que desembocan en el Mar Negro, en la Escitia…, y tres o cuatro veces alude y enfatiza que la tierra es redonda.
        Herodoto dividía el mundo en griegos y bárbaros, y bajo este punto de vista describe la invasión persa y la batalla del Paso las Termopilas, estos hechos son conocidos como Guerras Médicas, entre Grecia y Persia, que sucedió 500 años antes de Cristo.
        Llevó anotaciones de sus viajes y de los sucesos que le relataban los nativos de las regiones, con el cual publicó su clásico libro. Más tarde este libro fue dividido en nueve libros y a cada libro se le asignó el nombre de una de las nueve musas de la Mitología Griega.
        Cuando tenía 16 años leí mi primer libro completo: la Odisea de Homero, y luego el segundo: la Ilíada, el cual me fascinó aún más. Antes de los 16 años solo leí paquines de Supermán, el Llanero Solitario, etcétera... ¡Ah! Y las novelas del Santo, el enmascarado de plata… Pero estos dos libros de Homero volcaron mi entusiasmo por la historia y la literatura.
        Una vez platicando con mi papá sobre la veracidad de la Ilíada, yo le exponía los hallazgos arqueológicos del alemán Heinrich Schliemann en Turquía, a finales del siglo XIX, como prueba contundente de la autenticidad de los relatos de Homero, quien, siendo ciego y a falta de lenguaje escrito, dicen sus biógrafos, ¡sabía y cantaba los libros de memoria!..., mi tata, un buxo para estos volados,  aunque satisfecho por mi nuevo entusiasmo, me dio la primera gran lección al leer eventos históricos: me dijo nunca creyera de "primas a primera" todo lo que leía.
Al día siguiente me regaló "los Nueve Libros de la Historia" de Herodoto.
        Pero en este Fragmento de la obra de Herodoto que hoy les traigo, Herodoto tiene la audacia de poner en tela de juicio la veracidad del rapto de Helena y la guerra y sitio de Troya cantada por Homero.
        “… Me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla; esta afirmación es aplicable a la totalidad de mi obra”… así se cubre Herodoto de implicaciones que puedan traer sus relatos y descripciones de los hechos históricos.
        En su viaje a Egipto, el autor escribió este pasaje donde juzga la versión homérica de la Guerra de Troya y el rapto de Helena... Sucesos inmortalizados en los 20 mil himnos de Homero:

        
(Palabras en paréntesis son informaciones mías)
 

Tamen


EL JUICIO DE PARIS
-
RUBENS-

        (Según la Mitología Griega, París, o Alejandro, hijo del rey Príamo de Troya, fue designado por el Olimpo para escoger quién de entre las diosas Afródita, Hera, y Palas Atenea, era las más bella, Hera le ofreció poder si la escogía, Atenea sabiduría, y Afródita... La mujer más bella del mundo... París escogió a Afródita [Venus]...  Este imaginativo momento es inmortalizado por Rubens, en el cuadro arriba)

LIBRO SEGUNDO
EUTERPE
(Musa de la Poesía Lírica)
        CXIII. He aquí en verdad lo que me referían los sacerdotes (egipcios) acerca de Helena, cuándo yo les pedía informes. Al volver a su patria Alejandro (Paris) en compañía de Helena, a quien había robado en Esparta, unos vientos contrarios lo arrojaron desde el mar Egeo al Egipto, en cuyas costas, no mitigándose la tempestad, se vio obligado a tomar tierra y aportar a las Taríqueas, situadas en la boca del Nilo que llaman Canábica. Había a la sazón en dicha playa, y lo hay todavía, un templo dedicado a Hércules, asilo tan privilegiado al mismo tiempo, que el esclavo que en él se refugiaba, de cualquier dueño fuese, no podía ser por nadie sacado de allí, siempre que dándose por siervo de aquel dios se dejase marcar con sus armas o sello sagrado, ley que desde el principio hasta el día se ha mantenido siempre en todo su vigor. Informados, pues, los criados de Alejandro del asilo y privilegios del templo, se acogieron a aquel sagrado con ánimo de dañar a su señor, y le acusaron refiriendo circunstanciadamente cuanto había pasado en el rapto de Helena y en el atentado contra Menelao; deposición criminal que hicieron no sólo en presencia de los sacerdotes de aquel templo, sino también de Tonis, gobernador de aquel puerto y desembocadura.

       
CXIV. Apenas acabó éste de oír la declaración de los esclavos, cuando despacha a Menfis (antigua capital de Egipto) un expreso para Proteo (rey de todo el Egipto) con orden de decirle "Acaba de llegar un extranjero, príncipe de la familia real de Teucro (Troya), que ha cometido con Grecia una impía y temeraria violencia, viniendo de allí con la esposa de su mismo huésped furtivamente seducida; y trayendo con ella inmensos tesoros, arribó a tierra, arrojado por la tempestad. ¿Qué haremos, pues, con él? ¿Le dejaremos salir impunemente del puerto con sus naves, o le despojaremos de cuanto consigo lleva?" Proteo, avisado, envió luego un correo con la siguiente respuesta: "A ese hombre, sea quien fuere que tal maldad y perfidia contra su mismo huésped ha cometido, prendédmelo sin falta Y llevadle a mi presencia para oír qué razón da de sí y de su crimen."

       
CXV. El gobernador Tonis, recibida apenas esta orden, se apodera de la persona de Alejandro, embargándole juntamente las naves, y haciéndole conducir sin dilación a Menfis con su Helena, sus esclavos y tesoros. Llevados todos a la presencia de Proteo, preguntó éste a Alejandro quién era, de dónde venía y con qué ley navegaba; a lo cual el interrogado declaró su nombre, el de su familia y el de su patria, dándole razón de su viaje y del puerto donde procedía. Insta Proteo preguntándole de donde hubo a Helena; Alejandro buscaba refugios cautelosamente para no descubrir la verdad; pero los nuevos acogidos a Hércules, esclavos suyos antiguos, dando cuenta puntual de su atentado, fueron desmintiéndole, sin dejarle lugar a la réplica. Proteo entonces, por abreviar razones, hablóle en estos términos: "A no tener formada anteriormente mí resolución de no ensangrentar mis manos en ninguno de los pasajeros que, arrojados por los vientos, aporten a mis dominios, os aseguro que vengará al griego en vuestra cabeza, y que hiciera en vos un ejemplar, ¡hombre el más vil y malvado de cuantos viven! pues recibido y regalado como huésped, correspondisteis con el más enorme agravio, convertido en adúltero de la esposa de vuestro amigo, que en su casa os acogía; y no contento con el horror del tálamo violado, huís con la adúltera furtivamente robada a su marido; aún más, como si agravio, adulterio, rapto, todo fuera poco para vos, cargáistes con los tesoros de vuestro huésped, que saqueasteis. Con todo, no mudo de resolución, lo repito, ni me contaminaré con sangre extranjera, pero tampoco sufriré que os llevéis impunemente esa mujer con los tesoros robados, sino que de una y otros quiero ser depositario en favor de vuestro huésped griego, hasta que él, informado, quiera recobrarlos. A vos os mando que dentro del término fijo de tres días salgáis con vuestra comitiva de mis dominios, poniendo mar en medio, so pena en otro caso de ser tratado como enemigo."

       
CXVI. Así me referían los sacerdotes la llegada de Helena a la corte de Proteo, de la cual no pienso que dejase de tener noticia el poeta Homero; pero como la verdad de esta narración no sea tan apta y grandiosa para la belleza y majestad de su epopeya como la fábula de que se sirvió, omitíosla a mi entender con tal motivo, contentándose con manifestar que bien conocida la tenía, como no cabe en ello la menor duda. El poeta presenta en la Ilíada a Alejandro, perdido el rumbo, llevando de un país a otro su Helena, y aportando después de varios rodeos a Sidón, ciudad de Fenicia, lo que no contradijo en ninguno de sus escritos. De lo dicho hace mención Homero en la Aristia de Diomedes con los siguientes versos: -"Había allí mantos bordados, dignos de maravilla, obra mujeril de sidonia mano, los que con su noble Helena trajo de Sidón por el ancho ponto Paris el de rostro divino." Y de esto mismo con otros versos habla Homero en la Odisea: -"Tales, tan útiles y tan salubres medicinas poseyó la hija de Júpiter, las que le fueron dadas por la reina egipcia Potidamna, esposa de Ton, de allí donde el suelo feraz las brota en gran copia: al beberlas, unas dan la salud, y otras la muerte" Hablando con Telémaco, Menelao profiere asimismo estos versos: -"Allá en Egipto, con ansia grande de mi vuelta, me detenían Dios y mi mezquina Hecatombe". En estos pasajes, Homero da muy bien a entender que sabía las navegaciones de Alejandro y su arribo al Egipto, con el cual confina la Siria, país de los fenicios, a quienes pertenece la ciudad de Sidón.
 

HOMERO (¿850 a. de C.?)
 
        CXVIL. La respectiva situación do estos países, no menos que los versos citados, declaran y evidencian más y más que no son de Homero los versos ciprios, sino de otro poeta ignorado, pues en ellos se hace llegar a Alejandro con su Helena desde Esparta a Ilión en una navegación de tres días únicamente, viento en popa y por un mar de leche, cuando Homero nos dice en su Ilíada que su ruta fue muy larga y contrastada.

       
CXVIII. Pero dejemos cantar a Homero, y mentir a los versos ciprios; que no es poeta quien no sabe fingir. Preguntados por mí los sacerdotes sobre si era fábula lo que cuentan los griegos de la guerra de Troya, me contestaron con la siguiente narración, que decían haber salido de boca del mismo Menelao, de quien se tomaron en el país noticias del suceso: Después del rapto de Helena, una armada griega poderosa había pasado a la Téucrida (Troya) para auxiliar a Menelao y hacer valer sus pretensiones. Los griegos, saltando a tierra y atrincherados en sus reales, ante todo enviaron a Ilión sus embajadores en compañía del mismo Menelao, quienes, introducidos dentro de la plaza, pidieron se les restituyera Helena y los tesoros que en su rapto les había hurtado Alejandro, y que se les diera al mismo tiempo cabal satisfacción de la injuria por él cometida; pero los troyanos, entonces y después, siempre que fueron requeridos, de palabra y con juramentos respondían que no tenían en su ciudad a Helena, ni en su poder los tesoros mencionados; que aquélla y éstos se hallaban detenidos en Egipto, y que no parecía justo ni razonable salir responsables y garantes de las prendas que el rey egipcio tenía interceptadas. Los griegos, tomando la respuesta por un nuevo engaño con que se les quería insultar, no levantaron el sitio puesto a la ciudad hasta tomarla a viva fuerza; mas después de tomada la plaza, no pareciendo Helena, y oyendo siempre la misma relación de los troyanos, se convencieron al cabo de lo que decían y de la verdad del suceso, y enviaran a Menelao para que se presentase a Proteo.

       
CXIX. llega Menelao al Egipto, sube río arriba hasta Menfis, y hace una sincera narración de todo lo sucedido. Proteo no sólo lo hospeda en casa y regala magníficamente, sino que le restituye a Helena sin desdoro en su honor, y sus tesoros sin pérdida ni menoscabo. Mas a pesar de tantas honras y favores como allí recibió Menelao, no dejó de ser ingrato y aún malvado con los egipcios, pues no pudiendo salir del puerto, como deseaba, por serle contrarios los vientos, y viendo que duraba mucho la tempestad, se valió para aplacarla de un modo cruel y abominable, que fue tomar dos niños de unos naturales del Egipto partirlos en trozos y sacrificarlos a los vientos. Sabido el impío sacrificio y la inhumanidad de Menelao, huyó éste con sus naves hacia Libia (entonces país Fenicio), abominado y perseguido por los egipcios. Qué rumbo desde allí siguiese, no pudieron decírmelo; pero añadían que lo referido, parte lo sabían de oídas, parte lo vieron por sus ojos, y que de todo podían ser fieles testigos, y he aquí lo que en suma me refirieron los sacerdotes egipcios.

       
CXX. A la verdad, por lo que respecta a Helena, doy entero crédito a su narración, tanto más, cuanto creo que si a la sazón se hubiera hallado en Troya, fuera restituida a los griegos, aun a pesar de Alejandro, pues ni Príamo hubiera sido tan necio, ni sus hijos y demás deudos tan insensatos, que sólo por que aquél gozara de su Helena, pusiesen a riesgo de balde sus vidas y las de sus hijos, y la salud y existencia del Estado. Pero concedamos que al principio de la contienda tomaran el partido de no restituirla; no dudo que al ver caer tanto troyano combatiendo con los griegos; al ver Príamo muertos en las refriegas no uno u otro sino los más de sus hijos, pues morir los veía si se ha de dar crédito a los poetas, a vista de tales destrozos y tamañas pérdidas como les iban sucediendo, no dudo, repito, aun cuando el mismo Príamo fuera el amante de Helena, que a trueque de librarse de tantos desastres como entonces le oprimían, la volviera por fin enhoramala a los aqueos. Ni se diga que los negocios públicos dependían del capricho de un príncipe enamorado, por tocar a Alejandro la corona en la vejez de Príamo; pues no es así: el grande Héctor, primogénito del Rey, y héroe do otras prendas y valor que Alejandro, era el príncipe heredero del cetro, y no parece verosímil que permitiera impunemente a su hermano menor una resistencia y obstinación tan inicua y perniciosa, y más tocando con las manos las calamidades que de ellas resultaban contra sí mismo y contra el resto de los troyanos. Así que, no teniendo éstos a Helena, mal podían restituirla, y aunque decían la verdad, no les daban crédito los griegos. Ordenándolo así la Providencia a decir lo que siento, con la mira de hacer patente a los mortales en la ruina total de Troya, que por fin al llegar el plazo hace Dios un castigo horroroso y ejemplar de atroces y enormes atentados; y así juzgo de este suceso...

Tamen

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