|

|
  
|
- Los
cipotes, que almorzaban con su tata cuando la noticia cayó, brusca y
aplastante, se habían quedado, quietos, en el mismo sitio. Parecían
amedrentados. Se callaban, pegados los unos a los otros, los cinco, sin
atreverse a mover. Se miraban con ojos de congoja, sin saber por qué.
Comprendían, tal vez, la gravedad de lo que acontecía, y trataban, al ver la
atribulación en que andaban sus padres, de pasar desapercibidos más bien; de
que su presencia no fuese advertida, y se ganasen, por estorbosos, algún
pescozón, o se extraviase algún puntapié. y más que todo mordidos de curiosidad por imponerse de lo que
estaba pasando fuera, se decidieron a salir. El primero que lo hizo fue el
güis, un pellizco de hombre, que corrió, directo, a donde su nana estaba, y se
agarró, tenaz, a sus naguas.
|