Sin que el tío Hilarlo tuviese tiempo de nada, sintió que
la Siguanaba, ágilmente, se le subía, de un solo salto, en ancas y se lo apercollaba
a la espalda. Sintió que se aseguraba, anudando sobre su pecho las manos huesudas
y frías, y que las uñas, unas uñas largas y curvas, se le hundían, afiladas, en la piel,
arañándole y desangrándole. El aliento de aquella boca apestaba a infierno. El tío Hilario
lo sentía caldeándole la nuca. El macho, al sentir aquel peso extraño, saltó, relinchando,
y salió disparado. Tratando, en sus corcovos, de deshacerse de aquella odiosa carga.
El tío Hilario, instintivamente, apretó los muslos a los flancos de la bestia y se
afianzó en los estribos con todas las fuerzas que su angustioso estado dejábale sin
amenguar. También la Siguanaba temiendo caerse en el ímpetu de la carrera loca de la
bestia espantada, agarraba con mayor fuerza al jinete. Aquel contacto estrecho empavorecía
más y más al tío Hilorio. Contra su carne, caldeada por la fiebre, sacudido por los
nervios, sentía la marea helada de aquel cuerpo momificado, que se adhería, tenaz,
al suyo. Las uñas se le incrustaban cada vez más hondo en el pecho. La Siguanaba, como
si tratase de estimular al macho en su carrera desalada, gritaba, desgañitándose:
-¡Upa! ¡Upa!
O bien:
-¡Andele, macho viejo!
Y
taloneábale en la barriga con los calcañales huesudos. En sus pies, como en sus manos,
las uñas le habían crecido duras y costrosas. Eran como garras de buitre. Aquel grito,
rasgando, tétrico, pavoroso, el silencio cargado de la noche, era como un chicote
que azotase las ancas de la bestia. Al estímulo de tal acicate, corría más desalada
y veloz, atropellándolo todo, ciega de espanto y jadeante de cansancio. El tío Hilario
llegó en ese punto, a perder conciencia de todo. Y así, milagrosamente sostenido, en
aquel desmadejamiento del cuerpo que te producía, a la vez que el agotamiento de los
nervios, por lo agudo de la impresión, la velocidad de la carrera, cabalgó hasta el
instante en que el macho, al tropezar en las raíces resaltantes de un amate que cruzaban
el camino, le hizo embrocarse. Ambos jinetes saltaron, el uno, disparado por el pescuezo
de la bestia, y la otra, resbalando por las ancas, quedó sentada en el suelo. La Siguanaba,
al caer, permaneció tal cual, despatarrada, riéndose a carcajada limpia del percance
ocurrido; mientras que el tío Hilario, había ido a caer, de bruces, a unos cuantos
pasos de distancia, y metido la cabeza entre un zarzal. La fuerza del golpe, le hizo
perder, por completo, el sentido, y ahí quedó desamparado. Mientras tanto la Siguanaba
se había incorporado, sacudiéndose las harapientas faldas negras, y sin dejar un solo
instante en sus jajayos, se alejó, adentrando en la espesura de la arboleda; deslizándose,
cauta, como una sombra más oscura aún que la sombra de la noche. Y al perderse, por
fin, su forma entre el tronconal y los matorrales fueron sus jajayos incesantes,
los que, disminuidos por la distancia, denunciaban su paso.
Transcurrió e1
resto de la noche amenazando tempestad, que no llegó a desatarse . Sopló viento huracanado,
que levantó torbellino de hojas secas. Rubrica el tenebroso espacio, repetidas veces,
el acialazo de relámpago. Retumbó el trueno. Y hasta volvieron a caer, a intervalos,
golpes de goterones de lluvia que se aplastaban contra el suelo, con el mismo chasquido
sonoro de los salivazos.
Los primeros albores del alba, iluminaron al tío Hilario,
tendido de bruces en el zarzal. A esa hora matinal acertó a pasar la primera carreta,
que se dirigía al Sitio sobre la cama de la carreta, tendido en un cuero de res, iba
dormitando, el carretero, mientras el hijo, un cipote desastrado, guiaba, ayudado
de la puya, la tarda yunta. Cuando iban pasando frente al zarzal, uno de los bueyes
se espantó, parando una oreja y sacudiendo el escobillón de la cola. El cipote volvió
la vista y alcanzó a divisar, saliendo de entre el zarzal, unos pies calzados con
unos zapatones de polvillo.
-¡Táta!- gritó, asustado.
El
carretero se despertó, sobresaltado:
-¿Qui'hay?
El cipote,
con el cabo de la puya, señalaba hacia donde asomaban los pies. -¡Véya,
táta!
La carreta seguía caminando, al tardo paso de los bueyes.
-Detené
la carreta- ordenó el carretero.
El cipote, golpeando con la puya en el yugo, detuvo los animales. La carreta se
paró, y el carretero saltó a tierra.
Iba a aproximarse al zarzal, cuando se
detuvo. Tuvo recelos. ¿Y si aquél que estaba ahí tendido, fuese alguien que hubiesen
matado en la noche, y tirado así a la orilla del camino? ¿Si llegase la autoridad,
y te sorprendiese?... Ya se alejaba, prudente, tratando así de evitar ulteriores complicaciones
con la justicia, cuando el cipote, en quien la curiosidad pudo más que la prudencia,
y que se había aproximado al zarzal y
había reconocido al que estaba tendido, le
gritó, espantado:
-¡Táta! Venga. Si'es el tiyo Hilario.
De
tres zancadas el carretero estuvo a su lado.
-¿Oué decís?
-Que'-s
el tiyo Hilario, el qu'está aquí!
El carretero se acurrucó, y con la
ayuda del muchacho, le dio vuelta al cuerpo. El que estaba ahí tendido, y al que si
no fuese por el resuello que le alzaba, el pecho se le hubiera creído difunto, era
el propio tío Hilarlo.
-¿Qué le habrá pasado? -se preguntó el carretero.
Lo
registraron para ver si tenía alguna herida. Solamente la cara presentaba los rasguños
que las zarzas le habían producido al caer, y por entre la camisa desgarrada veíase
la piel del pecho llena de araños, unos araños largos y entrecruzados como los araños
del coyote. El cipote le había puesto la mano en la frente.
-Tóquelo,
táta. Está qui' arde.
Ardía. Ardía en fiebre. Su solo contacto quemaba.
Apretados los dientes. Cerrados, con fuerza de los párpados, como si quisiese, por
el gesto, alejar alguna horrorosa visión. En los labios, congelada, una mueca de espanto.
-Tiene
fiebre. Ayudáme a levantarlo
Y entre ambos lo alzaron en vilo, Y lo
colocaron1 lo mejor que les fue dable, sobre el cuero de res extendido en la cama
de la carreta. El carretero se encaramó de nuevo, sentándose al lado del tío Hilario,
y el cipote, echando mano a la puya, prosiguió el camino.